En los spots de AMLO escuchamos a un hombre de fé; no es el mesianismo que uno supondría, es algo más, algo diferente que no acabo de definir. El domingo 7 de agosto, en un acto de apoyo del Profesor Bejarano a AMLO, el Profesor se aventó un rollo en la misma línea, se percibe un fondo de religiosidad que nos orienta a la esperanza en la redención futura...
Se diría que ambos apelan a uno de los deseos más profundos del ser humano: creer en un orden superior que, como decían los hermetistas "Lo que es arriba es abajo." Esto conlleva, por supuesto el anhelo de formar parte de ese orden desde ahora, desde aquí. No es extraño a este pensamiento la propuesta de una Ciudad de Dios o, como decía Hegel, el momento cuando Dios cabalgue en la tierra y veamos el fin de la Historia.
El utopismo y toda clase de milenarismo conexo nos remite a un fin de los tiempos, a la gran crisis que será la del fin final para volver al Paraíso Perdido (más una ilusión impulsora que una pérdida real).
Debo reconocer que el discurso compartido por AMLO y Bejarano no es exclusivo de ellos; lo comparte, de otra manera, entre laica y light, la clase polìtica, los actores sociales y buena parte de la sociedad, organizada o no.
El movimiento desatado por Javier Sicilia nos da otro ejemplo de esto; la urgente necesidad de volver a esos tiempos en que no había inseguridad (¡¡¡¡¿¿¿¿?????!!!!), cuando se podía hablar con los malandrines que eran "gente de palabra y honorable" a su manera,ha polarizado las posiciones sobre cómo resolver el problema.
Estuve leyendo la propuesta de la UNAM y en algo estoy absolutamente de acuerdo: hace falta definir el problema pues, como resulta ser, cuando se plantea con claridad la pregunta, se tiene la respuesta.
Como nos gusta decir a los abogados, no omito mencionar que la polarización también tiene que ver con la posición y militancia de los diferentes actores, no tanto por la diferencia de perspectiva que se supondría lógica y normal en la diversidad, sino en el afán de primero descalificar y contentarse luego con hacer propuesta vagas, nebulosas.
Otro aspecto que notoriamente es dejado de lado es el factor TIEMPO, variable fundamental en todo proceso, especialmente en los procesos social e histórico. Parece que la lluvia de críticas y "propuestas" hablan de un acto mágico, milagroso, vamos de FE, que implicaría que la aceptación automáticamente proporciona los resultados.
Una sociedad no vive en el ahora; vive en proceso y a pesar de los anhelos propios del lapso posible de cada vida en lo individual, las expectativas legítimas de experimentar en el presente un cambio de signo positivo se ven acotadas por la duración de los procesos socio-históricos.
Sería ya no digamos honesto, sino verdaderamente esperanzador, si alguien en su propuesta (cuando de veras la tenga y no se limite sólo a señalar los errores del Otro), se atreviera a definir tiempos probables. Así, tal vez podríamos pensar en un auténtico avance al cambio y, si así se quiere, a Utopía o la Ciudad de Dios.
Sería agradable que cada uno de nostros, calendario en mano, pudiera levantarse y comprobar que en efecto, el tiempo ha pasado y que sí, que las cosas han cambiado para bien; uno sabe que las decisiones son correctas cuando su efecto ya ha transcurrido.
viernes, 12 de agosto de 2011
viernes, 10 de junio de 2011
Trabajar cansa (es lo de menos, lo otro mata)
Aunque sea para descansar un poco, hablar a medias de lo que sucede, sugerir apenas lo que vivo y siento porque, según he visto, a los demás les resulta difícil creer que alguien soporte la indignidad sin atreverse a balbucear una tentativa de defensa. Mejor que mi perorata parezca una ficción y no un lamento.
No soy yo, al menos a ratos; no me reconozco o, mejor dicho no me acepto en ciertas circunstancias en las que cualquiera reaccionaría si no con ira, al menos sí con firmeza en su defensa. Pero guardo silencio, invoco la prudencia… ¡Con qué facilidad se confunde la sabiduría con la estupidez, el valor con la cobardía. Claro, me digo, no tengo opción, la necesidad…
La humillación reiterada bien puede abrirnos las puertas del cielo, si uno cree en la vida eterna después de pasar por esta que uno cree compartir con el resto de los contemporáneos; será por eso que tantas religiones y tantos charlatanes explotan la esperanza, la convierten en consuelo y a fin de cuentas en renuncia y se acaba por ansiar la muerte como remedio y, lo peor de esto pues no hablo del suicidio, es la añoranza de un futuro en que ya no se esté en este mundo. La renuncia.
¿Cuántas mejillas debe tener cualquier rostro antes de responder una afrenta? Dicen que la esclavitud quedó abolida hace doscientos años, pero ¿qué hay peor y más implacable que las cadenas de la necesidad? Se me dirá que siempre hay algo que elegir, pero nadie me ha podido responder qué se hace cuando otros dependen de uno, cuando las responsabilidades asumidas son más graves que unas cuantas ofensas que alguien nos infiere de manera habitual, sí puede ser, pero que en nada merman la propia dignidad (“Las palabras y las acciones se toman de quien vienen”).
En fin, ocurre que como miles de millones de seres humanos de diferente edad, condición, etcétera, soy un trabajador asalariado que depende de un ente cuya pertinaz mediocridad e imbatibles complejos ha logrado entender la sencilla receta de engrandecer su inferioridad tirando de los hilos de la necesidad de los demás.
No soy yo, al menos a ratos; no me reconozco o, mejor dicho no me acepto en ciertas circunstancias en las que cualquiera reaccionaría si no con ira, al menos sí con firmeza en su defensa. Pero guardo silencio, invoco la prudencia… ¡Con qué facilidad se confunde la sabiduría con la estupidez, el valor con la cobardía. Claro, me digo, no tengo opción, la necesidad…
La humillación reiterada bien puede abrirnos las puertas del cielo, si uno cree en la vida eterna después de pasar por esta que uno cree compartir con el resto de los contemporáneos; será por eso que tantas religiones y tantos charlatanes explotan la esperanza, la convierten en consuelo y a fin de cuentas en renuncia y se acaba por ansiar la muerte como remedio y, lo peor de esto pues no hablo del suicidio, es la añoranza de un futuro en que ya no se esté en este mundo. La renuncia.
¿Cuántas mejillas debe tener cualquier rostro antes de responder una afrenta? Dicen que la esclavitud quedó abolida hace doscientos años, pero ¿qué hay peor y más implacable que las cadenas de la necesidad? Se me dirá que siempre hay algo que elegir, pero nadie me ha podido responder qué se hace cuando otros dependen de uno, cuando las responsabilidades asumidas son más graves que unas cuantas ofensas que alguien nos infiere de manera habitual, sí puede ser, pero que en nada merman la propia dignidad (“Las palabras y las acciones se toman de quien vienen”).
En fin, ocurre que como miles de millones de seres humanos de diferente edad, condición, etcétera, soy un trabajador asalariado que depende de un ente cuya pertinaz mediocridad e imbatibles complejos ha logrado entender la sencilla receta de engrandecer su inferioridad tirando de los hilos de la necesidad de los demás.
martes, 12 de abril de 2011
Un sueño (¿Qué hacía ahí Rascón Banda?)
Hace algunas noches seguí a un amigo muerto; ¿cada cuando sueño a gente que conozco, con qué frecuencia se me aparece un ausente? Nunca, casi nunca. Subíamos por una escalera estrecha de una casona en la Colonia Roma (recuerdo que ahí hubo, alguna vez, una librería donde me resguardaba del tedio y del calor), ascendíamos tres o cuatro personas, los que iban primero no sé quiénes eran, el que me precedía era mi amigo, vestía traje oscuro (nada extraño eso, ambos vestíamos casi igual por razones de trabajo o para distinguirnos de otros escritores, era difícil saber tanto). Todos eran gente de cine, pero eso no importa tanto, porque al seguir a mi amigo me preguntaba por qué no me decía nada, sólo estábamos ahí, sin antecedentes en el sueño ni en la vigilia, subiendo con paso lento, sin esfuerzo, como de paseo.
¿Por qué no me decía nada, un consejo, una indicación, un comentario? Subíamos en silencio, sin congoja ni extrañeza, un ascenso puro, como sin origen ni destino.
Al llegar, supongo, me encontré solo en un patiecillo propio de una casona de la Colonia Roma; ¿hacia dónde debía seguir? No había puertas ni escaleras, pero había que subir, así que como si saliera de una alberca, me colgué con agilidad del borde de la pared 8que no era mucho más alta que mi estatura), trepé y de un salto caí de pie en un pasillo donde había varios salones (y, por supuesto, una puerta donde se veía que desembocaban las escaleras); los salones eran los propios de un centrito cultural, una cafetería, área de libros, un lugar con sillería para conferencias… Y nada más.
Al despertar, me dije que rara vez sueño a gente que conozco y jamás había seguido a un amigo muerto, en sueños o en alguna calle o recinto de eso que llamamos vida real.
Me di la vuelta para quedar sobre el costado derecho y dormí sin pena ni inquietud hasta que salió el sol.
¿Por qué no me decía nada, un consejo, una indicación, un comentario? Subíamos en silencio, sin congoja ni extrañeza, un ascenso puro, como sin origen ni destino.
Al llegar, supongo, me encontré solo en un patiecillo propio de una casona de la Colonia Roma; ¿hacia dónde debía seguir? No había puertas ni escaleras, pero había que subir, así que como si saliera de una alberca, me colgué con agilidad del borde de la pared 8que no era mucho más alta que mi estatura), trepé y de un salto caí de pie en un pasillo donde había varios salones (y, por supuesto, una puerta donde se veía que desembocaban las escaleras); los salones eran los propios de un centrito cultural, una cafetería, área de libros, un lugar con sillería para conferencias… Y nada más.
Al despertar, me dije que rara vez sueño a gente que conozco y jamás había seguido a un amigo muerto, en sueños o en alguna calle o recinto de eso que llamamos vida real.
Me di la vuelta para quedar sobre el costado derecho y dormí sin pena ni inquietud hasta que salió el sol.
martes, 1 de marzo de 2011
Un texto de Chuag Tzu (Versión de Thomas Merton)
Cuando la vida era plenitud no había historia
En la era en que la vida sobre la tierra era plenitud, nadie prestaba particular atención a los hombres valiosos, ni señalaba al hombre de habilidad. Los gobernantes eran simplemente las ramas más altas del árbol, y el pueblo era como los ciervos en los bosques. Eran honestos y justos, sin darse cuenta de que estaban "cumpliendo con su deber". Se amaban los unos a los otros y no sabían que esto significaba "amar al prójimo". No engañaban a nadie y aún así no sabían que eran "hombres de fiar". Eran íntegros y no sabían que aquello era "buena fe". Vivían juntos libremente, dando y tomando, y no sabían que eran "generosos". Por esta razón sus hechos no han sido narrados. No hicieron historia.
lunes, 31 de enero de 2011
Rescate de un texto de 1996
La novela policiaca
Por
Federico Urtaza
(Reforma, 07-Jul-1996)
En 1957, en un curioso prólogo a un libro de cuentos de Antonio Helú, Xavier Villaurrutia hace las siguientes reflexiones sobre el género policiaco: "La novela policiaca es una rama aguda de la novela de aventuras, género tan definido como la legión de sus ávidos lectores en todas partes del mundo. De ellas podemos decir lo que Remy de Gourmont decía de las novelas pornográficas: que tiene la ventaja, con relación a otro tipo de novelas menos definidas, o confusas, de ser, al menos, pornográficas. Con relación a la novela-ensayo, a la novela-biografía, a las biografías-novelas, las novelas policiacas tienen la ventaja de ser, al menos, policiacas, lo que equivale, de una vez por todas, a asegurar un alimento más o menos rico en las sustancias que el lector busca para su nutrición. Y lo que busca el lector de novelas de aventuras y, más concretamente, de novelas policiacas -que ahora nos preocupan- es, ante todo, diversión e interés".
Más adelante, en el mismo texto, Villaurrutia se pregunta cómo es que los escritores mexicanos no cultivan el género de cuento o novela policial, aunque señala que ya había un número creciente de escritores que, como Helú, incursionaban en el mundo de la novela policiaca. No le costará al lector suscribir los mismos comentarios de Villaurrutia; a cuarenta años de distancia, comprobamos que en términos de tiempo histórico es poco lo que hemos avanzado o retrocedido, si ése es el caso.
La caracterización que del género se lee en el mencionado prólogo viene muy a cuento ahora que hay un afán de recuperar, sin caretas ni escapes del clóset, la experiencia de las primeras lecturas; Salgari, Chesterton, Stevenson, London, Conrad, Conan Doyle, Rice Burroughs... La lista puede ser tan larga como quieran los encuestados.
El problema es que en México hay un sospechoso pudor a la hora de hablar del pasado literario de cada autor; apenas hace unas semanas Sergio Pitol, en un artículo publicado en La Jornada, habló de la importancia que para él y su obra tiene la lectura de los comics de la Familia Burrón. ¡Horror! ¿Y Gogol, James, Austen, no son sino nombres pomposos en la biografía literaria de Pitol?
Asimismo, al momento de tocar el tema de la novela policiaca, nos encontramos con graves silencios, tan oprobiosos como las confesiones de quienes no han leído otra cosa y que de su deficiencia hacen virtud.
La novela policiaca ha sido, en nuestro País, un género menor (aunque viéndolo bien, ¿conocemos algún otro?); sin embargo, puede intentarse una caracterización del género en México siguiendo el desarrollo de nuestra historia, como si fuera un indicador de los cambios que nuestra literatura ha experimentado. Así, el género policiaco sirve no sólo como entretenimiento y para resolver tentaciones populacheras, sino que además delata, no tanto por lo que cuenta como por la manera en que lo hace, cómo se escribe sobre la realidad, tomando como punto de partida que el género tiene como requisito inscribirse en el realismo "duro", descarnado y hasta rudo.
Es cierto, como señala Villaurrutia, que no existe entre nosotros esa tradición novelesca, pero también habría que agregar que quizá tampoco la de novela de aventuras, no al menos en lo que va de este siglo; con la revolución (¿será necesario precisar cuál?), los hombres de letras se ven orillados a escribir no tanto lo que tienen en mente sino lo que pueden testimoniar: la dinámica de "la bola" los empuja a participar aunque sea relatando lo que ven, así sea que compartan el furor de los rebeldes como si se aferran a los provisionalmente calientes clavos del ancien regime. Nuestra novela de aventuras se encuentra en Rafael F. Delgado o Martín Luis Guzmán y Mariano Azuela; más tarde, en el cine, esa novela encuentra su iconografía y comienza a pervertirse bajo el efecto de los nuevos amos que cambian la montura por la acaso menos épica silla burocrática o de restaurante. En un país que comienza a combatir el analfabetismo cuando la cinematografía se confirma como fábrica de sueños, la versión escrita de la realidad encuentra su mejor manifestación en la prensa.
La acción sale del campo y va a dar a la ciudad; atrás, al menos para el espíritu moderno quedaron los abigeos, los pleitos de tierras y los estupros anunciados; los suplen la banda del automóvil gris, el peregrinar en los laberintos de la burocracia agraria y la relajación de las buenas costumbres y de la moral cristiana. Las lealtades al caudillo se convierten en sometimiento al superior jerárquico e incondicionalidad hacia el líder máximo; las componendas a alto nivel, o para el caso, a cualquier nivel de poder, crean una civilidad bronca en la que los resentimientos son un capital que se ha de administrar con sabiduría y oportunidad. La corrupción, así, no es sino complicidad, encubrimiento o hasta alcahuetería.
El crimen, entonces, ocurre sólo entre los marginados y sólo algunos casos sonados llegan al dominio público, pero revisten también cierto grado de marginalidad: se trata de extranjeros o de excéntricos herederos de la antigua sociedad. El crimen encuentra su expresión en el periódico, a falta de corridos o cantadores que transmitan la espeluznante nueva; la vida urbana muestra el nuevo rostro de la humanidad emergente, así como su gesto siniestro.
De esa manera, el periódico le arrebata a la imaginación las historias que pudieran nutrir al género policiaco: la nota roja unida a la experiencia del ciudadano "común" surte el efecto de constancia de realidad que no puede ser reelaborada a través de la literatura.
Nuestra experiencia en la administración de justicia, incluso cuando es con motivo de asuntos ajenos a la delincuencia, está directamente vinculada con la arbitrariedad y la aplicación de esa máxima atribuida al benemérito: "A los amigos, gracia; a los enemigos, justicia". La policía, los ladrones, los asesinos, los jueces, los abogados, las víctimas, los litigantes, son todos uno y los mismos, seres indiscernibles. Con ese material, intentar escribir novela policiaca resulta, en buena medida, un ejercicio de necedad, si se inclina por la denuncia, o de ingenuidad, si se trata de proponer una realidad alternativa, optimista.
A pesar de todo, como lo señalaba Villaurrutia hace ya casi cuarenta años, ha habido y hay escritores que han encontrado en el género policiaco la posibilidad de cumplir varios cometidos, desde simple y llanamente acogerse a entretener, hasta señalar y denunciar la corrupción en la administración de justicia y, en general, en nuestras relaciones sociales.
Ya que el movimiento se demuestra andando, el género en México sin duda ha tenido bastantes adeptos, lectores y/o autores; paradójicamente, esto no se ha traducido en una corriente importante del género. Hay, sin embargo, un puñado de narradores con quienes bien se puede hacer una lista básica y caracterizar a grandes rasgos el desarrollo del género policial en nuestro País. Su importancia se revela en la medida en que cada cual abre y en el mismo acto cancela una nueva posibilidad del género en nuestro medio literario; no es, por supuesto, poco mérito. Claro que este puñado nunca será "todos los autores que han aportado algo al género policiaco", quizá ni siquiera una muestra representativa, pero una cosa es explotar un género y otra darle vida, como lo ha hecho el grupito de audaces que a continuación se menciona.
Para Helú o María Elvira Bermúdez, el modelo a seguir no era tanto el de los norteamericanos del estilo de Hammett o Chandler, como el de Christie, Chesterton, Carr o Queen; escribir novela o cuento del género policiaco significaba conquistarlo para la inteligencia y el ingenio y, acaso, para la búsqueda de lo paradójico, donde el bien y el mal se confunden sólo lo necesario para mostrar que uno y otro son relativos y hasta necesarios para mover al hombre. En ellos se da, pues, esa connotación metafísica tan cara a Borges y a Reyes al hablar de la novela policiaca.
Helú pronto agotó su vena y aunque Bermúdez fue la más persistente, los vientos de cambio no se hicieron esperar y en los años 60 Rafael Bernal, con su novela El complot mongol inaugura al menos para México el thriller, variante del género policial, en donde no es indispensable un asesinato, un enigma y la revelación de la identidad del asesino, sino que el protagonista es uno de esos tipos duros, como los detectives privados Archer o Spade, aunque con rasgos que para un novelista norteamericano o francés con seguridad hubieran sido escandalosos, puesto que Bernal nos da un sujeto que desde el principio se hace reconocible como capitán, ex revolucionario, actualmente asesino a sueldo de quién sabe qué misteriosa dependencia gubernamental y que, en especial, también descubre un lenguaje coloquial de alta expresividad, utilizándolo como estribillo a lo largo de la novela; en cuanto a recursos narrativos, Bernal utiliza a su protagonista para ir contando la acción, aunque a ratos su relato es desapegado, como si su sola función fuera ser testigo de sí mismo.
Otro escritor que en esa misma época descubre las posibilidades del género es Vicente Leñero, que con sus novelas El garabato y Los Albañiles, recurriendo a la experiencia de los autores del llamado noveau roman, también aficionados a la novela negra, en particular Robbe-Grillet, muestra que el camino puede ser transitado con buena fortuna, aunque no sin riesgos.
Bernal y Leñero en realidad lo que hacen es desafiar la inercia de las letras mexicanas y el riguroso cerco del género policiaco: aunque ambos muestran un gran dominio del lenguaje, aprovechan esa habilidad para quitarle la rigidez perceptible en otros autores de la época, cuyos personajes hablan como si antes que de la imaginación de un escritor presente en la realidad, brotaran de un manual de sintaxis académica; además, el entorno de los personajes de Bernal y Leñero revela la estrechez de perspectivas que el lector por sí mismo quizá no quisiera o pudiera reconocer. Asimismo, estos novelistas no se proponen hacer revelaciones insólitas, sino apenas recurrir a lo existente y, por decirlo exagerando, los alcances de la palabra, lo cotidiano y presente en la experiencia del probable lector.
De generaciones diferentes, sin duda, Bernal y Leñero, sin embargo, hacen evidente la necesidad de una ruptura que en lo literario halla su correspondencia en los cambios que se avizoran al final de la década de los 70; al igual que el movimiento estudiantil del 68, oponen un lenguaje de búsqueda sin ser un lenguaje de ruptura total, cuestionan la realidad sin proponérselo como primera intención.
Ya en la década siguiente, Jorge Ibargüengoitia le da un nuevo giro de tuerca al género policial; ingeniero devenido en dramaturgo, periodista y narrador, Ibargüengoitia inició su trabajo escritural en forma en los 50, y en los 60 se da a conocer ampliamente con novelas que más bien se inscriben en la línea de intriga política, es decir, sigue la hasta hace poco joven corriente inaugurada con los cronistas y narradores de la revolución. Quizá por eso la evolución de Ibargüengoitia sirva para ilustrar la metamorfosis de la novela mexicana, pues al apartarse, así fuera circunstancialmente del género de intriga política, al incursionar en la novela policiaca, negra, de suspense o como quiera llamársele, experimenta con la necesidad de apartarse de la predominancia de lo político para buscar otros caminos, quizá no tan ajenos a la política como se quisiera pensar, con historias como las que nos da en Las muertas y Dos crímenes.
Como Bernal y Leñero, Ibargüengoitia explota su dominio del idioma y de la técnica narrativa; explota con igual talento la ironía y convierte sus novelas en ejemplos de los alcances a que se pueden llegar al explorar un género.
También en los 70, se inicia la producción de quien en poco tiempo será uno de los más entusiastas preconizadores de la novela policiaca, Paco Ignacio Taibo II, quien con un lenguaje desparpajado a fuerza de buscar la antisolemnidad, recicla el prototipo del detective duro (en el fondo no tanto) y crea un personaje, Belascoarán, que junto con If, el provisional protagonista de algunos escritos de Rafael Ramírez Heredia, trata de obtener el desencanto y de lo que luego sería la quiebra ideológica de la generación sesenta y ochera, los motivos que los impulsan a arriesgarse a ser detectives privados en un país en donde con pasmosa facilidad se fabrican culpables o, en el mejor de los casos, se descubre a los culpables que aparentemente nunca reciben el castigo que merecen.
La producción de PIT II crece en la década siguiente y su búsqueda a ratos es un regreso al escenario del crimen de éxitos anteriores, como Héroes convocados o No habrá final feliz, y se prolonga hasta los 90 sin mucha competencia, o al menos sin rivales dignos de ser mencionados como profesionales del género.
En estos últimos años, los cultivadores del género policiaco se ven apantallados por la arrolladora realidad, la que les arrebata las ideas y las pone en escena para luego hallarse retratados en la nota roja; esto le da una ventaja a los periodistas que no se animan a abandonar su oficio para hacer armas en la ficción, o que apremiados por la demanda de un público ávido de enterarse de mayores detalles de asuntos que en los diarios encuentran en probaditas, escriben libros circunstanciales que no por ello son menos meritorios; algunos, siguiendo al mencionado Leñero, ahora con su Asesinato, optan por acogerse a la incierta seguridad del hecho del dominio público, aderezado con inferencias o datos desconocidos; por ejemplo, el libro de Mariano Flores Castro sobre el robo al Museo de Antropología o el reportaje de Víctor Ronquillo sobre los homicidios no esclarecidos de trasvestis en Chiapas, La muerte viste de rosa.
A pesar de la poderosa atracción que produce la realidad, siempre queda alguien que antes que dar testimonio busca encontrarle un sentido a la condición humana. Rolo Díez, un argen-mex que lleva años escribiendo novelas policiacas, en 1994 publicó Luna de Escarlata, una sorprendente experiencia en la que la Ciudad de México y su tensión vital hallan su quizá hasta ahora más fiel representación a través de unos cuantos personajes que rezuman violencia.
En 1995, Fernando del Paso y Enrique Serna, dan a conocer respectivamente Linda 67, Historia de un crimen y ¿No le tienes miedo a los animales? (quizá una de las mejores novelas recientes del género, junto con El complot mongol y Luna de escarlata, al menos para este arbitrario redactor), que son muestras representativas del thriller en las que de nuevo el dominio del oficio y una audaz manipulación de las reglas del género permiten a sus autores rebasar los límites de la novela de aventuras, como la concebía Villaurrutia.
Y, por ahora, este repaso poco riguroso y por nada exhaustivo, se cierra con la mención de la novela Soñar una bestia, de César Güemes, que al ser una buena novela, a ratos demasiado respetuosa del canon, tiene como principal acierto, acaso involuntario, coronar y, en consecuencia cerrar, el camino recorrido por otros escritores más o menos habilidosos consistente en salvar la objeción de que en México nadie cree en los detectives privados ni mucho menos en los policías, ya no se diga honestos sino apenas cumplidores y respetuosos, mediante el recurso de usar personajes cuyo oficio es el periodismo, la investigación histórica o, como el kafkiano protagonista de La cabeza de la hidra, de Fuentes, tienen el privilegio de pertenecer a la élite que cuenta con información ajena a los diarios.
Por
Federico Urtaza
(Reforma, 07-Jul-1996)
En 1957, en un curioso prólogo a un libro de cuentos de Antonio Helú, Xavier Villaurrutia hace las siguientes reflexiones sobre el género policiaco: "La novela policiaca es una rama aguda de la novela de aventuras, género tan definido como la legión de sus ávidos lectores en todas partes del mundo. De ellas podemos decir lo que Remy de Gourmont decía de las novelas pornográficas: que tiene la ventaja, con relación a otro tipo de novelas menos definidas, o confusas, de ser, al menos, pornográficas. Con relación a la novela-ensayo, a la novela-biografía, a las biografías-novelas, las novelas policiacas tienen la ventaja de ser, al menos, policiacas, lo que equivale, de una vez por todas, a asegurar un alimento más o menos rico en las sustancias que el lector busca para su nutrición. Y lo que busca el lector de novelas de aventuras y, más concretamente, de novelas policiacas -que ahora nos preocupan- es, ante todo, diversión e interés".
Más adelante, en el mismo texto, Villaurrutia se pregunta cómo es que los escritores mexicanos no cultivan el género de cuento o novela policial, aunque señala que ya había un número creciente de escritores que, como Helú, incursionaban en el mundo de la novela policiaca. No le costará al lector suscribir los mismos comentarios de Villaurrutia; a cuarenta años de distancia, comprobamos que en términos de tiempo histórico es poco lo que hemos avanzado o retrocedido, si ése es el caso.
La caracterización que del género se lee en el mencionado prólogo viene muy a cuento ahora que hay un afán de recuperar, sin caretas ni escapes del clóset, la experiencia de las primeras lecturas; Salgari, Chesterton, Stevenson, London, Conrad, Conan Doyle, Rice Burroughs... La lista puede ser tan larga como quieran los encuestados.
El problema es que en México hay un sospechoso pudor a la hora de hablar del pasado literario de cada autor; apenas hace unas semanas Sergio Pitol, en un artículo publicado en La Jornada, habló de la importancia que para él y su obra tiene la lectura de los comics de la Familia Burrón. ¡Horror! ¿Y Gogol, James, Austen, no son sino nombres pomposos en la biografía literaria de Pitol?
Asimismo, al momento de tocar el tema de la novela policiaca, nos encontramos con graves silencios, tan oprobiosos como las confesiones de quienes no han leído otra cosa y que de su deficiencia hacen virtud.
La novela policiaca ha sido, en nuestro País, un género menor (aunque viéndolo bien, ¿conocemos algún otro?); sin embargo, puede intentarse una caracterización del género en México siguiendo el desarrollo de nuestra historia, como si fuera un indicador de los cambios que nuestra literatura ha experimentado. Así, el género policiaco sirve no sólo como entretenimiento y para resolver tentaciones populacheras, sino que además delata, no tanto por lo que cuenta como por la manera en que lo hace, cómo se escribe sobre la realidad, tomando como punto de partida que el género tiene como requisito inscribirse en el realismo "duro", descarnado y hasta rudo.
Es cierto, como señala Villaurrutia, que no existe entre nosotros esa tradición novelesca, pero también habría que agregar que quizá tampoco la de novela de aventuras, no al menos en lo que va de este siglo; con la revolución (¿será necesario precisar cuál?), los hombres de letras se ven orillados a escribir no tanto lo que tienen en mente sino lo que pueden testimoniar: la dinámica de "la bola" los empuja a participar aunque sea relatando lo que ven, así sea que compartan el furor de los rebeldes como si se aferran a los provisionalmente calientes clavos del ancien regime. Nuestra novela de aventuras se encuentra en Rafael F. Delgado o Martín Luis Guzmán y Mariano Azuela; más tarde, en el cine, esa novela encuentra su iconografía y comienza a pervertirse bajo el efecto de los nuevos amos que cambian la montura por la acaso menos épica silla burocrática o de restaurante. En un país que comienza a combatir el analfabetismo cuando la cinematografía se confirma como fábrica de sueños, la versión escrita de la realidad encuentra su mejor manifestación en la prensa.
La acción sale del campo y va a dar a la ciudad; atrás, al menos para el espíritu moderno quedaron los abigeos, los pleitos de tierras y los estupros anunciados; los suplen la banda del automóvil gris, el peregrinar en los laberintos de la burocracia agraria y la relajación de las buenas costumbres y de la moral cristiana. Las lealtades al caudillo se convierten en sometimiento al superior jerárquico e incondicionalidad hacia el líder máximo; las componendas a alto nivel, o para el caso, a cualquier nivel de poder, crean una civilidad bronca en la que los resentimientos son un capital que se ha de administrar con sabiduría y oportunidad. La corrupción, así, no es sino complicidad, encubrimiento o hasta alcahuetería.
El crimen, entonces, ocurre sólo entre los marginados y sólo algunos casos sonados llegan al dominio público, pero revisten también cierto grado de marginalidad: se trata de extranjeros o de excéntricos herederos de la antigua sociedad. El crimen encuentra su expresión en el periódico, a falta de corridos o cantadores que transmitan la espeluznante nueva; la vida urbana muestra el nuevo rostro de la humanidad emergente, así como su gesto siniestro.
De esa manera, el periódico le arrebata a la imaginación las historias que pudieran nutrir al género policiaco: la nota roja unida a la experiencia del ciudadano "común" surte el efecto de constancia de realidad que no puede ser reelaborada a través de la literatura.
Nuestra experiencia en la administración de justicia, incluso cuando es con motivo de asuntos ajenos a la delincuencia, está directamente vinculada con la arbitrariedad y la aplicación de esa máxima atribuida al benemérito: "A los amigos, gracia; a los enemigos, justicia". La policía, los ladrones, los asesinos, los jueces, los abogados, las víctimas, los litigantes, son todos uno y los mismos, seres indiscernibles. Con ese material, intentar escribir novela policiaca resulta, en buena medida, un ejercicio de necedad, si se inclina por la denuncia, o de ingenuidad, si se trata de proponer una realidad alternativa, optimista.
A pesar de todo, como lo señalaba Villaurrutia hace ya casi cuarenta años, ha habido y hay escritores que han encontrado en el género policiaco la posibilidad de cumplir varios cometidos, desde simple y llanamente acogerse a entretener, hasta señalar y denunciar la corrupción en la administración de justicia y, en general, en nuestras relaciones sociales.
Ya que el movimiento se demuestra andando, el género en México sin duda ha tenido bastantes adeptos, lectores y/o autores; paradójicamente, esto no se ha traducido en una corriente importante del género. Hay, sin embargo, un puñado de narradores con quienes bien se puede hacer una lista básica y caracterizar a grandes rasgos el desarrollo del género policial en nuestro País. Su importancia se revela en la medida en que cada cual abre y en el mismo acto cancela una nueva posibilidad del género en nuestro medio literario; no es, por supuesto, poco mérito. Claro que este puñado nunca será "todos los autores que han aportado algo al género policiaco", quizá ni siquiera una muestra representativa, pero una cosa es explotar un género y otra darle vida, como lo ha hecho el grupito de audaces que a continuación se menciona.
Para Helú o María Elvira Bermúdez, el modelo a seguir no era tanto el de los norteamericanos del estilo de Hammett o Chandler, como el de Christie, Chesterton, Carr o Queen; escribir novela o cuento del género policiaco significaba conquistarlo para la inteligencia y el ingenio y, acaso, para la búsqueda de lo paradójico, donde el bien y el mal se confunden sólo lo necesario para mostrar que uno y otro son relativos y hasta necesarios para mover al hombre. En ellos se da, pues, esa connotación metafísica tan cara a Borges y a Reyes al hablar de la novela policiaca.
Helú pronto agotó su vena y aunque Bermúdez fue la más persistente, los vientos de cambio no se hicieron esperar y en los años 60 Rafael Bernal, con su novela El complot mongol inaugura al menos para México el thriller, variante del género policial, en donde no es indispensable un asesinato, un enigma y la revelación de la identidad del asesino, sino que el protagonista es uno de esos tipos duros, como los detectives privados Archer o Spade, aunque con rasgos que para un novelista norteamericano o francés con seguridad hubieran sido escandalosos, puesto que Bernal nos da un sujeto que desde el principio se hace reconocible como capitán, ex revolucionario, actualmente asesino a sueldo de quién sabe qué misteriosa dependencia gubernamental y que, en especial, también descubre un lenguaje coloquial de alta expresividad, utilizándolo como estribillo a lo largo de la novela; en cuanto a recursos narrativos, Bernal utiliza a su protagonista para ir contando la acción, aunque a ratos su relato es desapegado, como si su sola función fuera ser testigo de sí mismo.
Otro escritor que en esa misma época descubre las posibilidades del género es Vicente Leñero, que con sus novelas El garabato y Los Albañiles, recurriendo a la experiencia de los autores del llamado noveau roman, también aficionados a la novela negra, en particular Robbe-Grillet, muestra que el camino puede ser transitado con buena fortuna, aunque no sin riesgos.
Bernal y Leñero en realidad lo que hacen es desafiar la inercia de las letras mexicanas y el riguroso cerco del género policiaco: aunque ambos muestran un gran dominio del lenguaje, aprovechan esa habilidad para quitarle la rigidez perceptible en otros autores de la época, cuyos personajes hablan como si antes que de la imaginación de un escritor presente en la realidad, brotaran de un manual de sintaxis académica; además, el entorno de los personajes de Bernal y Leñero revela la estrechez de perspectivas que el lector por sí mismo quizá no quisiera o pudiera reconocer. Asimismo, estos novelistas no se proponen hacer revelaciones insólitas, sino apenas recurrir a lo existente y, por decirlo exagerando, los alcances de la palabra, lo cotidiano y presente en la experiencia del probable lector.
De generaciones diferentes, sin duda, Bernal y Leñero, sin embargo, hacen evidente la necesidad de una ruptura que en lo literario halla su correspondencia en los cambios que se avizoran al final de la década de los 70; al igual que el movimiento estudiantil del 68, oponen un lenguaje de búsqueda sin ser un lenguaje de ruptura total, cuestionan la realidad sin proponérselo como primera intención.
Ya en la década siguiente, Jorge Ibargüengoitia le da un nuevo giro de tuerca al género policial; ingeniero devenido en dramaturgo, periodista y narrador, Ibargüengoitia inició su trabajo escritural en forma en los 50, y en los 60 se da a conocer ampliamente con novelas que más bien se inscriben en la línea de intriga política, es decir, sigue la hasta hace poco joven corriente inaugurada con los cronistas y narradores de la revolución. Quizá por eso la evolución de Ibargüengoitia sirva para ilustrar la metamorfosis de la novela mexicana, pues al apartarse, así fuera circunstancialmente del género de intriga política, al incursionar en la novela policiaca, negra, de suspense o como quiera llamársele, experimenta con la necesidad de apartarse de la predominancia de lo político para buscar otros caminos, quizá no tan ajenos a la política como se quisiera pensar, con historias como las que nos da en Las muertas y Dos crímenes.
Como Bernal y Leñero, Ibargüengoitia explota su dominio del idioma y de la técnica narrativa; explota con igual talento la ironía y convierte sus novelas en ejemplos de los alcances a que se pueden llegar al explorar un género.
También en los 70, se inicia la producción de quien en poco tiempo será uno de los más entusiastas preconizadores de la novela policiaca, Paco Ignacio Taibo II, quien con un lenguaje desparpajado a fuerza de buscar la antisolemnidad, recicla el prototipo del detective duro (en el fondo no tanto) y crea un personaje, Belascoarán, que junto con If, el provisional protagonista de algunos escritos de Rafael Ramírez Heredia, trata de obtener el desencanto y de lo que luego sería la quiebra ideológica de la generación sesenta y ochera, los motivos que los impulsan a arriesgarse a ser detectives privados en un país en donde con pasmosa facilidad se fabrican culpables o, en el mejor de los casos, se descubre a los culpables que aparentemente nunca reciben el castigo que merecen.
La producción de PIT II crece en la década siguiente y su búsqueda a ratos es un regreso al escenario del crimen de éxitos anteriores, como Héroes convocados o No habrá final feliz, y se prolonga hasta los 90 sin mucha competencia, o al menos sin rivales dignos de ser mencionados como profesionales del género.
En estos últimos años, los cultivadores del género policiaco se ven apantallados por la arrolladora realidad, la que les arrebata las ideas y las pone en escena para luego hallarse retratados en la nota roja; esto le da una ventaja a los periodistas que no se animan a abandonar su oficio para hacer armas en la ficción, o que apremiados por la demanda de un público ávido de enterarse de mayores detalles de asuntos que en los diarios encuentran en probaditas, escriben libros circunstanciales que no por ello son menos meritorios; algunos, siguiendo al mencionado Leñero, ahora con su Asesinato, optan por acogerse a la incierta seguridad del hecho del dominio público, aderezado con inferencias o datos desconocidos; por ejemplo, el libro de Mariano Flores Castro sobre el robo al Museo de Antropología o el reportaje de Víctor Ronquillo sobre los homicidios no esclarecidos de trasvestis en Chiapas, La muerte viste de rosa.
A pesar de la poderosa atracción que produce la realidad, siempre queda alguien que antes que dar testimonio busca encontrarle un sentido a la condición humana. Rolo Díez, un argen-mex que lleva años escribiendo novelas policiacas, en 1994 publicó Luna de Escarlata, una sorprendente experiencia en la que la Ciudad de México y su tensión vital hallan su quizá hasta ahora más fiel representación a través de unos cuantos personajes que rezuman violencia.
En 1995, Fernando del Paso y Enrique Serna, dan a conocer respectivamente Linda 67, Historia de un crimen y ¿No le tienes miedo a los animales? (quizá una de las mejores novelas recientes del género, junto con El complot mongol y Luna de escarlata, al menos para este arbitrario redactor), que son muestras representativas del thriller en las que de nuevo el dominio del oficio y una audaz manipulación de las reglas del género permiten a sus autores rebasar los límites de la novela de aventuras, como la concebía Villaurrutia.
Y, por ahora, este repaso poco riguroso y por nada exhaustivo, se cierra con la mención de la novela Soñar una bestia, de César Güemes, que al ser una buena novela, a ratos demasiado respetuosa del canon, tiene como principal acierto, acaso involuntario, coronar y, en consecuencia cerrar, el camino recorrido por otros escritores más o menos habilidosos consistente en salvar la objeción de que en México nadie cree en los detectives privados ni mucho menos en los policías, ya no se diga honestos sino apenas cumplidores y respetuosos, mediante el recurso de usar personajes cuyo oficio es el periodismo, la investigación histórica o, como el kafkiano protagonista de La cabeza de la hidra, de Fuentes, tienen el privilegio de pertenecer a la élite que cuenta con información ajena a los diarios.
sábado, 29 de enero de 2011
Un par de sueños
Sueño 1
Estoy al inicio de un pasillo en forma de “L” que da vuelta hacia la izquierda. El lugar corresponde a una construcción pobre, vieja, el piso tiene loseta café pálido-amarillo y las paredes estuvieron pintadas de color claro aunque están sucias por el abandono. Avanzo por el pasillo, al final hay una puerta metálica con la parte inferior de lámina y en la superior no hay cristales (no veo el interior); sigo el pasillo hacia la izquierda y percibo un ronroneo feroz; al final del pasillo, en la pared izquierda hay otra puerta, similar a la anterior, me detengo a medio camino pues sé que de esa habitación provenía el ronroneo y además veo que algo se asoma como si quisiera escapar por donde debería haber un cristal sobre la cerradura (escucho cómo suena la puerta metálica con el estremecimiento); enseguida, lo que trataba de escapar lo logra y resulta ser un pequeño cocodrilo color verde jade (no es un “cocodrilito” pues tiene la corpulencia de uno de mayor tamaño, pero de alrededor de un metro) sin cola y abre y cierra rápidamente el hocico que tiene muchísimos dientecitos muy filosos: El cocodrilo está furioso y apenas logra escapar avanza por el pasillo tirando dentelladas; de inmediato, ya que el pasillo es estrecho, apoyo la espalda en la pared y pongo los pies en la otra pared y a la manera de los escaladores subo para ponerme a salvo (no siento angustia ni miedo, sólo reacciono); el cocodrilo pasa bajo mí a toda velocidad y da vuelta al llegar a la esquina del pasillo e incluso patina al dar vuelta aunque apenas desaparece, escucho que regresa, da vuelta y avanza hacia mí… en ese momento, despierto.
Sueño 2
El lugar es una cañada en la selva; atrás, a un paso, a mi lado izquierdo, hay una presencia invisible que me acompaña; se ve un sendero que asciende hacia donde estoy; por el sendero, avanzan dos leopardos de color amarillo pálido, avanzan sobre las patas traseras y llevan las patas delanteras hacia el frente; el rostro, las facciones de los leopardos son de mujer y tienen el cabello largo y grueso peinado hacia atrás. Al ver a los leopardos-mujer digo que son los dioses de los primitivos (no de los indios o de salvajes, primitivos), dirigiéndome a la presencia que me acompaña; en ese mismo momento, me percato de que sobre la izquierda frente a mí, en la pared de la cañada hay dos entrada rectangulares perfectas que, supongo en ese momento, son la entrada a una cueva y también en ese instante me percato de dos seres de piedra que me parecen una combinación de Chac Mool y Transformer (sus movimientos son tiesos), son de cantera y en el cuerpo (torso, brazos y piernas) tienen incrustaciones de placas rectangulares de jade. Mi comentario sobre las leopardo-mujeres, la percepción de las dos entradas y la visión de los hombres de piedra es simultánea, de modo que éstos al tiempo que escuchan mis palabras y se encaminan a una de las entradas, se ríen (siento que de la ingenuidad de mi afirmación) así: ja-ja, sin entusiasmo, más bien de manera sarcástica. Ahí termina el sueño.
Estoy al inicio de un pasillo en forma de “L” que da vuelta hacia la izquierda. El lugar corresponde a una construcción pobre, vieja, el piso tiene loseta café pálido-amarillo y las paredes estuvieron pintadas de color claro aunque están sucias por el abandono. Avanzo por el pasillo, al final hay una puerta metálica con la parte inferior de lámina y en la superior no hay cristales (no veo el interior); sigo el pasillo hacia la izquierda y percibo un ronroneo feroz; al final del pasillo, en la pared izquierda hay otra puerta, similar a la anterior, me detengo a medio camino pues sé que de esa habitación provenía el ronroneo y además veo que algo se asoma como si quisiera escapar por donde debería haber un cristal sobre la cerradura (escucho cómo suena la puerta metálica con el estremecimiento); enseguida, lo que trataba de escapar lo logra y resulta ser un pequeño cocodrilo color verde jade (no es un “cocodrilito” pues tiene la corpulencia de uno de mayor tamaño, pero de alrededor de un metro) sin cola y abre y cierra rápidamente el hocico que tiene muchísimos dientecitos muy filosos: El cocodrilo está furioso y apenas logra escapar avanza por el pasillo tirando dentelladas; de inmediato, ya que el pasillo es estrecho, apoyo la espalda en la pared y pongo los pies en la otra pared y a la manera de los escaladores subo para ponerme a salvo (no siento angustia ni miedo, sólo reacciono); el cocodrilo pasa bajo mí a toda velocidad y da vuelta al llegar a la esquina del pasillo e incluso patina al dar vuelta aunque apenas desaparece, escucho que regresa, da vuelta y avanza hacia mí… en ese momento, despierto.
Sueño 2
El lugar es una cañada en la selva; atrás, a un paso, a mi lado izquierdo, hay una presencia invisible que me acompaña; se ve un sendero que asciende hacia donde estoy; por el sendero, avanzan dos leopardos de color amarillo pálido, avanzan sobre las patas traseras y llevan las patas delanteras hacia el frente; el rostro, las facciones de los leopardos son de mujer y tienen el cabello largo y grueso peinado hacia atrás. Al ver a los leopardos-mujer digo que son los dioses de los primitivos (no de los indios o de salvajes, primitivos), dirigiéndome a la presencia que me acompaña; en ese mismo momento, me percato de que sobre la izquierda frente a mí, en la pared de la cañada hay dos entrada rectangulares perfectas que, supongo en ese momento, son la entrada a una cueva y también en ese instante me percato de dos seres de piedra que me parecen una combinación de Chac Mool y Transformer (sus movimientos son tiesos), son de cantera y en el cuerpo (torso, brazos y piernas) tienen incrustaciones de placas rectangulares de jade. Mi comentario sobre las leopardo-mujeres, la percepción de las dos entradas y la visión de los hombres de piedra es simultánea, de modo que éstos al tiempo que escuchan mis palabras y se encaminan a una de las entradas, se ríen (siento que de la ingenuidad de mi afirmación) así: ja-ja, sin entusiasmo, más bien de manera sarcástica. Ahí termina el sueño.
lunes, 24 de enero de 2011
Otro encargo fallido
En fin. En una entrada previa presenté un encarguito que no fue utilizado; no importa. Descartado por el interesado, las ideas siguen siendo las de un servidor, así que les mando otro texto al aire.
Por definición, el teatro es un hecho social ejecutado en colectivo; es decir, es impensable una representación teatral sin público y normalmente la puesta en escena depende de la interacción de varias personas. Tal vez por eso el teatro ha sido considerado el mejor vehículo para llevar mensajes didácticos e incluso revolucionarios; tal vez por eso el fenómeno teatral está asociado con dos estados que con frecuencia son considerados (erróneamente) excluyentes: las emociones y la conciencia, en tanto que el drama, recurriendo a una serie de convenciones, la primera de ellas la de la ficción como representación de una realidad, involucra al espectador mediante la vista y el oído, las condiciones materiales en que se da y se recibe la representación y la historia que es comunicada.
El hecho teatral es lo más cercano a la experiencia concreta del espectador; pensemos en la música, incluso la ejecutada en vivo, que aún vinculada al canto, aún inspirada en la naturaleza o la vida cotidiana, revela una profunda abstracción; o en la literatura, apoyada en la palabra impresa, en el libro, que implica un proceso no menos abstracto que el de la música, o en el cine que requiere de una mediación tecnológica, de un apoyo material para involucrar al espectador… En el teatro, en escena, vemos gente como nosotros viviendo situaciones que nos remiten a nuestra propia experiencia… el teatro es experiencia inmediata y como tal, irrepetible y fugaz… como la vida.
A casi cien años del estallamiento de la Revolución Mexicana seguimos en la búsqueda de sentido, de explicaciones, de sustento para nuestros sueños, porque aún son en gran medida eso, de igualdad, justicia y democracia… es decir, de condiciones propicias para la realización plena del individuo en su entorno social, ideal estrechamente asociado al movimiento del socialismo libertario, nombre con el que se ha dado por hacer más o menos políticamente correcto el término anarquismo.
Es en este orden de ideas que celebramos la publicación de la antología a cargo de la Doctora Eugenia Revueltas, que recoge obras dramáticas del primer tercio del siglo XX, obras que reflejan las preocupaciones de una sociedad que en ese lapso buscaba encontrarse a sí misma en un mundo cambiante en el que el sistema capitalista alcanzaba a la vez una de sus más altas expresiones en el industrialismo, a la vez que revelaba el germen de su crítica en los movimientos de inspiración liberal-socialista que encontró en el anarquismo una de sus más radicales expresiones.
Recordemos que el fondo del proceso de secularización en nuestro país se encuentra en la fuente de los ideales liberales que, a su vez, encontraron su alimento en la Ilustración, corriente que ponía especial énfasis en la ciencia, la educación y el racionalismo, es decir, en la capacidad del ser humano para entender su circunstancia y hasta transformarla libre de designios celestiales. Asimismo, esa corriente de pensamiento implicaba el cuestionamiento de la monarquía y la teocracia, frecuentemente imbricadas, y abrió la posibilidad a otras formas de gobierno sustentadas en el concepto de soberanía popular. La Ilustración y su posterior desarrollo hacia el pensamiento liberal encontraron en nuestro país tierra fértil de modo que desde el siglo XIX el liberalismo puso el énfasis en el hombre, incluso con una especie de optimismo radical que veía en el desarrollo individual una forma de escapar de atavismos y, consecuentemente, liberar a la sociedad entera; este optimismo llegó a tener, paradójicamente, la fuerza de la inspiración religiosa, mesiánica indispensable para llevar al individuo al sacrificio con tal de instaurar un nuevo orden.
Asimismo, en lo económico, el país se debatía entre el tradicionalismo de la vida rural y el entusiasmo modernista del desarrollo industrial; esta contradicción se puso de manifiesto en la era porfiriana por lo que todos aquellos que sintieron la profunda necesidad de cambio acudieron a la fuente liberal para proponer un nuevo proyecto de Nación en el que pudieran coincidir el artesano, el pequeño comerciante, el ranchero, el pequeño fabricante con las corporaciones e incluso, con las formas tradicionales de organización comunitaria como lo eran los pueblos y los ejidos. Sin embargo, la perspectiva de modernización implicaba, principalmente, la maquinización de la sociedad la cual, a su vez, planteaba el dilema entre la organización despersonalizadora y el individualismo indispensable. Así, no bastaba el liberalismo, sino que era necesaria otra especie de planteamientos que en principio dieran una igualdad a los desiguales; ante el poder del capital se opuso el poder de la organización sindical.
En este contexto, el fervor anarquista y anarco-sindicalista que llegaba de Europa encontró auténticos apóstoles que supieron transmitirle a la población en su mayoría iletrada un mínimo sustento teórico que les permitía no sólo entender su realidad, sino también despojarla de fatalismo y hasta fundar esperanzas de un nuevo orden social. Por supuesto que el desigual desarrollo entre el campesinado y el incipiente proletariado planteaba perspectivas diversas, como he señalado, entre la tradición y la modernidad, disyuntiva de efectos profundos que hasta el día de hoy nos marcan.
Ante la opresión reinante se plantaba la necesidad de liberación, en una especie de identificación entre el bien y el mal, de una lucha de opuestos que sólo se podía resolver de manera drástica, dramática (y uso deliberadamente este segundo término), conflicto que nos queda muy a mano para retomar la temática del libro Raíces anarquistas del teatro de la Revolución Mexicana, que contiene obras altamente ilustrativas de esta y otras contradicciones que vivía la sociedad mexicana que vivió de manera directa el movimiento armado.
La principal virtud de este libro es que contiene planteamientos diversos que tienen como fondo común la crítica del pasado, del presente y hasta del futuro; son obras que muestran el dolor de un pueblo, sus temores, sus frustraciones y sus más profundos anhelos; son obras indiscutiblemente fechadas pero que mantienen su vigencia porque nuestra sociedad no acaba de superar las condiciones oprobiosas que propician la pobreza, la explotación, la intolerancia, la injusticia y la inequidad.
Comparto con la Doctora Revueltas el entusiasmo por la primer pieza, Esclavos, de Carlos Becerra, porque no sólo muestra las condiciones que dieron lugar al inicio de la gesta revolucionaria, sino ilustran de manera muy clara las contradicciones en que se hallaba sumido el país y su naciente capitalismo; Emilio, el hacendado industrial, asociado con el capital extranjero, es una especie de déspota ilustrado que está consciente de que sus días están contados pues igualmente es consciente de que el sistema al que representa, según las ideas socialistas, contiene la simiente de su propia destrucción; Emilio es quizá más consciente que sus antagonistas ficticios o reales y eso le da tintes de tragedia a su condición. Sin duda, es atinada la elección de esta obra para abrir la muestra en la que encontré con igual gusto una obra de Rodolfo Usigli, Noche de estío.
Sin menoscabo de las virtudes de los demás autores, tal vez por preferencia personal, puedo decir que en Usigli he hallado un dramaturgo ejemplar, con frecuencia sutil incluso en la denuncia, lo que le permite penetrar más a través de las emociones hasta meterse en la cocina de la mente de cada espectador (o en este caso, de cada lector); la obra que ha sido seleccionada por la Doctora Revueltas aunque también se halla claramente fechada, tiene como virtud otorgada por nuestra propia historia su actualidad; recordemos que la Historia se desarrolla a través de los siglos y que la vida de cada uno se reduce a unas cuantas décadas, circunstancia que nos permite observar como fresco lo que ha ocurrido, digamos, desde el primer tercio del siglo pasado, en especial porque los dichos de El General, protagonista de la obra de Usigli, aún pueden ser escuchados en privado o en público en nuestro ámbito político
Démosle la bienvenida a este libro coeditado por el Senado de la República a instancias de la Comisión Especial Encargada de los festejos del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución Mexicana, y la Secretaría de Cultura del Gobierno del Distrito Federal. Como siempre, el arte es la puerta grande para entrar en la Historia.
Por definición, el teatro es un hecho social ejecutado en colectivo; es decir, es impensable una representación teatral sin público y normalmente la puesta en escena depende de la interacción de varias personas. Tal vez por eso el teatro ha sido considerado el mejor vehículo para llevar mensajes didácticos e incluso revolucionarios; tal vez por eso el fenómeno teatral está asociado con dos estados que con frecuencia son considerados (erróneamente) excluyentes: las emociones y la conciencia, en tanto que el drama, recurriendo a una serie de convenciones, la primera de ellas la de la ficción como representación de una realidad, involucra al espectador mediante la vista y el oído, las condiciones materiales en que se da y se recibe la representación y la historia que es comunicada.
El hecho teatral es lo más cercano a la experiencia concreta del espectador; pensemos en la música, incluso la ejecutada en vivo, que aún vinculada al canto, aún inspirada en la naturaleza o la vida cotidiana, revela una profunda abstracción; o en la literatura, apoyada en la palabra impresa, en el libro, que implica un proceso no menos abstracto que el de la música, o en el cine que requiere de una mediación tecnológica, de un apoyo material para involucrar al espectador… En el teatro, en escena, vemos gente como nosotros viviendo situaciones que nos remiten a nuestra propia experiencia… el teatro es experiencia inmediata y como tal, irrepetible y fugaz… como la vida.
A casi cien años del estallamiento de la Revolución Mexicana seguimos en la búsqueda de sentido, de explicaciones, de sustento para nuestros sueños, porque aún son en gran medida eso, de igualdad, justicia y democracia… es decir, de condiciones propicias para la realización plena del individuo en su entorno social, ideal estrechamente asociado al movimiento del socialismo libertario, nombre con el que se ha dado por hacer más o menos políticamente correcto el término anarquismo.
Es en este orden de ideas que celebramos la publicación de la antología a cargo de la Doctora Eugenia Revueltas, que recoge obras dramáticas del primer tercio del siglo XX, obras que reflejan las preocupaciones de una sociedad que en ese lapso buscaba encontrarse a sí misma en un mundo cambiante en el que el sistema capitalista alcanzaba a la vez una de sus más altas expresiones en el industrialismo, a la vez que revelaba el germen de su crítica en los movimientos de inspiración liberal-socialista que encontró en el anarquismo una de sus más radicales expresiones.
Recordemos que el fondo del proceso de secularización en nuestro país se encuentra en la fuente de los ideales liberales que, a su vez, encontraron su alimento en la Ilustración, corriente que ponía especial énfasis en la ciencia, la educación y el racionalismo, es decir, en la capacidad del ser humano para entender su circunstancia y hasta transformarla libre de designios celestiales. Asimismo, esa corriente de pensamiento implicaba el cuestionamiento de la monarquía y la teocracia, frecuentemente imbricadas, y abrió la posibilidad a otras formas de gobierno sustentadas en el concepto de soberanía popular. La Ilustración y su posterior desarrollo hacia el pensamiento liberal encontraron en nuestro país tierra fértil de modo que desde el siglo XIX el liberalismo puso el énfasis en el hombre, incluso con una especie de optimismo radical que veía en el desarrollo individual una forma de escapar de atavismos y, consecuentemente, liberar a la sociedad entera; este optimismo llegó a tener, paradójicamente, la fuerza de la inspiración religiosa, mesiánica indispensable para llevar al individuo al sacrificio con tal de instaurar un nuevo orden.
Asimismo, en lo económico, el país se debatía entre el tradicionalismo de la vida rural y el entusiasmo modernista del desarrollo industrial; esta contradicción se puso de manifiesto en la era porfiriana por lo que todos aquellos que sintieron la profunda necesidad de cambio acudieron a la fuente liberal para proponer un nuevo proyecto de Nación en el que pudieran coincidir el artesano, el pequeño comerciante, el ranchero, el pequeño fabricante con las corporaciones e incluso, con las formas tradicionales de organización comunitaria como lo eran los pueblos y los ejidos. Sin embargo, la perspectiva de modernización implicaba, principalmente, la maquinización de la sociedad la cual, a su vez, planteaba el dilema entre la organización despersonalizadora y el individualismo indispensable. Así, no bastaba el liberalismo, sino que era necesaria otra especie de planteamientos que en principio dieran una igualdad a los desiguales; ante el poder del capital se opuso el poder de la organización sindical.
En este contexto, el fervor anarquista y anarco-sindicalista que llegaba de Europa encontró auténticos apóstoles que supieron transmitirle a la población en su mayoría iletrada un mínimo sustento teórico que les permitía no sólo entender su realidad, sino también despojarla de fatalismo y hasta fundar esperanzas de un nuevo orden social. Por supuesto que el desigual desarrollo entre el campesinado y el incipiente proletariado planteaba perspectivas diversas, como he señalado, entre la tradición y la modernidad, disyuntiva de efectos profundos que hasta el día de hoy nos marcan.
Ante la opresión reinante se plantaba la necesidad de liberación, en una especie de identificación entre el bien y el mal, de una lucha de opuestos que sólo se podía resolver de manera drástica, dramática (y uso deliberadamente este segundo término), conflicto que nos queda muy a mano para retomar la temática del libro Raíces anarquistas del teatro de la Revolución Mexicana, que contiene obras altamente ilustrativas de esta y otras contradicciones que vivía la sociedad mexicana que vivió de manera directa el movimiento armado.
La principal virtud de este libro es que contiene planteamientos diversos que tienen como fondo común la crítica del pasado, del presente y hasta del futuro; son obras que muestran el dolor de un pueblo, sus temores, sus frustraciones y sus más profundos anhelos; son obras indiscutiblemente fechadas pero que mantienen su vigencia porque nuestra sociedad no acaba de superar las condiciones oprobiosas que propician la pobreza, la explotación, la intolerancia, la injusticia y la inequidad.
Comparto con la Doctora Revueltas el entusiasmo por la primer pieza, Esclavos, de Carlos Becerra, porque no sólo muestra las condiciones que dieron lugar al inicio de la gesta revolucionaria, sino ilustran de manera muy clara las contradicciones en que se hallaba sumido el país y su naciente capitalismo; Emilio, el hacendado industrial, asociado con el capital extranjero, es una especie de déspota ilustrado que está consciente de que sus días están contados pues igualmente es consciente de que el sistema al que representa, según las ideas socialistas, contiene la simiente de su propia destrucción; Emilio es quizá más consciente que sus antagonistas ficticios o reales y eso le da tintes de tragedia a su condición. Sin duda, es atinada la elección de esta obra para abrir la muestra en la que encontré con igual gusto una obra de Rodolfo Usigli, Noche de estío.
Sin menoscabo de las virtudes de los demás autores, tal vez por preferencia personal, puedo decir que en Usigli he hallado un dramaturgo ejemplar, con frecuencia sutil incluso en la denuncia, lo que le permite penetrar más a través de las emociones hasta meterse en la cocina de la mente de cada espectador (o en este caso, de cada lector); la obra que ha sido seleccionada por la Doctora Revueltas aunque también se halla claramente fechada, tiene como virtud otorgada por nuestra propia historia su actualidad; recordemos que la Historia se desarrolla a través de los siglos y que la vida de cada uno se reduce a unas cuantas décadas, circunstancia que nos permite observar como fresco lo que ha ocurrido, digamos, desde el primer tercio del siglo pasado, en especial porque los dichos de El General, protagonista de la obra de Usigli, aún pueden ser escuchados en privado o en público en nuestro ámbito político
Démosle la bienvenida a este libro coeditado por el Senado de la República a instancias de la Comisión Especial Encargada de los festejos del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución Mexicana, y la Secretaría de Cultura del Gobierno del Distrito Federal. Como siempre, el arte es la puerta grande para entrar en la Historia.
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